La ciudad de la niebla

Ago 6, 2026 | Cultura, Turismo

Hoy, cuando el calendario marca 488 años desde que doce chozas de paja y una modesta capilla de madera fijaron los cimientos de la gran metrópoli, vale la pena detenerse a contemplar su trayectoria

La ciudad de la niebla: 488 años al pie de la montaña

Hay ciudades que se erigen sobre la piedra y hay otras que se edifican sobre la niebla. Bogotá pertenece a estas últimas. A más de 2.600 metros de altitud, custodiada por el abrazo frío de sus cerros orientales, la capital no cumple años como quien suma una fecha distante en un manual de historia: los cumple como un pulso vivo que vibra en cada rincón de su sabana.

Hoy, cuando el calendario marca 488 años desde que doce chozas de paja y una modesta capilla de madera fijaron los cimientos de la gran metrópoli, vale la pena detenerse a contemplar su trayectoria. Bogotá no nació un 6 de agosto de 1538 entre el estruendo del tráfico ni bajo la sombra vertical de los rascacielos. Nació en Teusaquillo, un territorio sagrado donde el silencio solo era interrumpido por el viento entre los frailejones y el murmullo de las corrientes de agua.

El refugio del Zipa y el curso del tiempo

 

Mucho antes de que el calzado de cuero recorriera el empedrado colonial de La Candelaria, los muiscas ya habitaban los secretos de esta meseta. La llamaron Bacatá, la tierra de la labranza alta, un territorio bajo la tutela firme de Monserrate y Guadalupe.

Con los siglos, el pequeño caserío se transformó. Aparecieron las fachadas de cal y los aleros rojos, los balcones de madera tallada que enmarcaban las tertulias del siglo XIX y las naves de las iglesias cuyas campanas marcaron el ritmo de la vida urbana durante generaciones. La ciudad alteró su paisaje sonoro: del rasgueo discreto del tiple y el tintineo de las pocillos de tinto en la Avenida Jiménez, se pasó al tintineo del tranvía, al andar de los viejos trolebuses, a las avenidas anchas y al caudal de gente que colmó su centro a mediados del siglo XX.

El albergue de todos

El encanto de Bogotá no radica únicamente en su arquitectura o en su clima áspero, sino en su vocación de albergue. Con los años, la ciudad se convirtió en el gran refugio del país. A sus calles de sombra constante llegaron los acentos de las costas cálidas, de los llanos infinitos, de los valles antioqueños y de las tierras del sur. Cada viajero que pisó sus estaciones dejó una impronta de afecto y un fragmento de su propia herencia.

Bogotá ha sido la madre sobria que acoge sin condicionamientos; la ciudad que enseña a apresurar el paso bajo el paraguas y a buscar cobijo en un chocolate caliente con queso cuando la tarde se torna gris.

488 años en el corazón de la sabana

Al contemplar hoy la meseta desde cualquier ladera, se divisa una urbe infinita que se extiende hasta confundirse con los horizontes de la región, entrelazando su destino con el de los municipios que la abrazan. Es un lienzo imponente de ladrillo a la vista, parques abiertos y cordilleras eternas.

A sus 488 años, Bogotá conserva esa mezcla indómita de nostalgia y porvenir, de tinto mañanero y llovizna imprevista. Una ciudad que no exige explicaciones: se camina, se padece a veces, pero sobre todo, se habita.

¡Feliz cumpleaños, Bogotá!

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